Las bromas del 28 de diciembre continúan como rito cultural, pero especialistas advierten que publicar información falsa en nombre de la tradición erosiona la credibilidad del periodismo en tiempos de desinformación masiva.

El Día de los Santos Inocentes mantiene una práctica arraigada en países hispanohablantes: las llamadas inocentadas, que van desde bromas privadas hasta titulares inventados. Aunque la tradición es vista como un juego social, el involucramiento de medios de comunicación en estas dinámicas ha sido cuestionado en la última década, especialmente en un escenario saturado por noticias falsas.

Históricamente, algunas redacciones publicaron notas falsas a propósito el 28 de diciembre, para luego revelarlo como una broma. Sin embargo, la dinámica actual ha cambiado: la circulación fragmentada de contenido —capturas de pantalla, reenvíos, recortes de titulares— dificulta que la rectificación llegue a toda la audiencia. El resultado es que la mentira ritualizada puede sobrevivir más tiempo que la aclaración posterior.

Mentiras que no parecen juego cuando vienen de un medio

Expertos en ética coinciden en que la audiencia asume que la información publicada por un medio es verificable, independientemente de la fecha. Introducir deliberadamente una falsedad, incluso por tradición, rompe el pacto central entre medio y público: la confianza.

En un ecosistema informativo marcado por desinformación global, campañas de manipulación y desconfianza institucional, la frontera entre broma y engaño no siempre es evidente para quien consume contenido fuera del contexto exacto en el que fue publicado.

La confianza como capital irrecuperable

Publicar una inocentada puede atraer tráfico temporal, pero el daño reputacional permanece.

Algunas audiencias podrían interpretar la práctica como una señal de permisividad hacia la mentira, lo que debilita la percepción de rigor el resto del año.

Además, una mentira “permitida” puede convertirse en combustible para actores que buscan cuestionar la credibilidad de los medios en contextos electorales, de seguridad o salud pública.

Un límite que también protege al público

La función social del periodismo no es replicar el juego cultural, sino orientar a la ciudadanía con información confiable.

En tiempos donde cualquiera puede publicar contenido viral, la responsabilidad de los medios es marcar una diferencia clara: la verdad, incluso cuando la tradición invita a lo contrario.

La broma se olvida rápido.

La desconfianza, no.

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