Tijuana, Baja California, 31 de octubre de 2025.- En días recientes, algunos medios internacionales han difundido advertencias sobre los “errores” y “alucinaciones” de la inteligencia artificial (IA) en el trabajo, recomendando tratarla como un simple “asistente en prácticas”. La frase suena prudente, pero también deja entrever un miedo más profundo: el temor a perder el control sobre la información y la narrativa.
La inteligencia artificial no reemplaza la ética ni la precisión humana, pero tampoco es una amenaza por sí misma. Es una herramienta que, bien usada, puede ayudarnos a detectar errores, verificar datos y ampliar horizontes. Lo peligroso no es la tecnología, sino la falta de criterio de quienes la emplean sin supervisión o transparencia.
Mientras algunos medios tradicionales intentan marcar distancia, miles de periodistas, científicos y ciudadanos ya la utilizan con responsabilidad. El verdadero debate no es si la IA “se equivoca”, sino si sabemos cómo corregirla y aprender de sus límites.
La desconfianza no debería dirigirse a la herramienta, sino al uso irresponsable que puede hacerse de ella. En ese sentido, más que “asistente en prácticas”, la IA podría ser vista como un espejo de nuestras propias capacidades para pensar, cuestionar y mejorar lo que hacemos.
