Tijuana, 9 de noviembre de 2025. — Un estudio publicado en la revista científica Frontiers in Psychology analizó el impacto emocional de las películas de terror en personas con síntomas de ansiedad y depresión. Los investigadores descubrieron que el miedo puede actuar como una forma de “terapia involuntaria” capaz de interrumpir los patrones mentales asociados al malestar psicológico.
Durante el experimento, los participantes observaron filmes con altos niveles de suspenso, sobresaltos y tensión narrativa. Al concluir la proyección, una gran parte de ellos reportó sentir menor ansiedad y menos pensamientos negativos. Los efectos positivos se intensificaron en quienes vieron películas con mayor carga emocional o escenas más intensas.
Según los autores, el miedo funciona como un “shock psicológico”: una descarga controlada de adrenalina que activa el sistema nervioso simpático, responsable de la respuesta de alerta ante el peligro. Esa reacción fisiológica redirige la atención del espectador hacia el estímulo externo —la amenaza ficticia en pantalla—, interrumpiendo temporalmente los ciclos de rumiación mental típicos de la depresión.
“El miedo crea una sensación de riesgo seguro que permite al cerebro procesar emociones intensas sin consecuencias reales”, explica el estudio.
Cuando el cerebro reconoce que el peligro no es real, se libera una cascada de dopamina y endorfinas que producen una sensación de alivio y euforia. Este proceso genera lo que los investigadores describen como un “reseteo emocional”, una especie de limpieza mental que reduce el estrés y restaura el equilibrio emocional.
Sin embargo, los especialistas advierten que el efecto no es universal. En personas con traumas o fobias, las películas de terror podrían provocar reacciones contrarias. El beneficio se presenta principalmente en quienes disfrutan del género y tienen un gusto moderado por la estimulación intensa.
Este hallazgo abre nuevas posibilidades para comprender cómo la exposición controlada al miedo puede usarse como herramienta psicológica. Aunque aún no se considera una forma de tratamiento formal, los autores sugieren que este tipo de experiencias podrían integrarse en terapias de exposición o programas de manejo de ansiedad bajo supervisión profesional.
El estudio completo puede consultarse en la investigación publicada por Frontiers in Psychology.
