Por Dr. Daniel Alberto Jacobo Velázquez
Decano Asociado de Investigación y Posgrados Científicos, Escuela de Ingeniería y Ciencias, Tecnológico de Monterrey
Ciudad de México, 24 de noviembre de 2025.- México atraviesa un momento decisivo para definir su papel en la economía global. Las disrupciones tecnológicas, la presión ambiental y la urgencia de construir resiliencia nacional obligan a replantear cómo se genera, transfiere y aplica el conocimiento. En este contexto, la ingeniería y las ciencias ya no pueden ser observadas como disciplinas de apoyo: deben convertirse en la columna vertebral de cualquier estrategia seria de competitividad.
Sostengo que el país necesita acelerar la transición hacia un modelo donde la investigación aplicada sea capaz de resolver problemas reales. Durante años, la academia mexicana ha demostrado talento, capacidad y rigor científico; sin embargo, la publicación por sí sola no transforma industrias, no fortalece cadenas de valor y no moderniza sectores productivos. La innovación solo cobra sentido cuando se traduce en impacto directo.
Por ello, considero indispensable impulsar una colaboración más sólida entre universidades, industria y gobierno. Esta visión coincide con los lineamientos planteados por la Secretaría de Economía, donde la innovación tecnológica es entendida como una herramienta para combatir la pobreza y generar desarrollo social. La ciencia aplicada puede —y debe— ser un puente que acerque a México a un modelo económico más diverso, moderno y sostenible.
Las prioridades son claras. El país requiere fortalecer tres áreas críticas: salud, sostenibilidad y transformación industrial. En salud, la tecnología debe permitir diagnósticos oportunos y accesibles para cerrar brechas históricas en atención médica. En sostenibilidad, urge integrar biotecnología, energías renovables y modelos de economía circular que respondan a la crisis climática. En la industria, el reto consiste en adoptar manufactura avanzada, inteligencia artificial, automatización y nuevos materiales, sin perder de vista la integración con cadenas globales.
La experiencia del Tecnológico de Monterrey durante el reciente Research Link Day ilustra el potencial de esta ruta. Investigadores y líderes empresariales se reunieron para identificar necesidades inmediatas del sector productivo y activar procesos de innovación abierta. El encuentro demostró que la investigación científica puede generar soluciones de impacto cuando se orienta a los desafíos de la industria.
Un caso representativo es el proyecto desarrollado junto con Nestlé y el Instituto Nacional de Ciencias Agrícolas de Suiza, enfocado en reducir las emisiones del sector lácteo mediante innovación en alimentación de ganado, biomoléculas, manejo de estiércol y tecnologías accesibles para pequeños productores. Este tipo de iniciativas reflejan cómo la ciencia mexicana puede aportar a problemáticas globales y generar beneficios sociales, económicos y ambientales.
La ingeniería aplicada no es una aspiración teórica. Es, en mi opinión, la herramienta más efectiva para impulsar una industrialización inteligente y sostenible. Desde la Escuela de Ingeniería y Ciencias del Tec de Monterrey promovemos una estrategia basada en tres núcleos de investigación —Salud, Clima y Sustentabilidad, y Transformación Industrial— apoyados por iniciativas en inteligencia artificial, nanotecnología y semiconductores. Este enfoque multidisciplinario permite articular soluciones de impacto tangible.
México debe apostar por modelos de colaboración que integren talento, tecnología y experiencia para acelerar el desarrollo nacional. La competitividad del futuro dependerá de la capacidad para convertir investigación en acción, laboratorio en industria y conocimiento en bienestar. No se trata de un ideal académico: es una necesidad urgente para asegurar un futuro resiliente, sostenible y competitivo.


