Nueva York, 28 de julio de 2026.- La ciudad de Nueva York habilitó 51 escuelas públicas como refugios nocturnos ante el riesgo de lluvias torrenciales e inundaciones repentinas capaces de poner en peligro la vida de quienes habitan en sótanos, viviendas a nivel de calle y sectores con drenaje deficiente.

Los espacios comenzaron a recibir personas a partir de las 8:00 de la noche del martes y permanecerían disponibles mientras continuaran las condiciones peligrosas. Las autoridades informaron que los refugios aceptarían mascotas y animales de servicio, una disposición destinada a evitar que las familias permanezcan en viviendas riesgosas por no poder trasladar a sus animales. 

La apertura de los refugios no responde únicamente a la llegada de una tormenta. También refleja una preocupación acumulada después de episodios en los que el agua desbordó calles, paralizó estaciones del metro y convirtió departamentos subterráneos en trampas mortales.

El alcalde Zohran Mamdani pidió a los residentes mantenerse atentos, revisar las condiciones de sus viviendas y ayudar a vecinos que pudieran tener dificultades para evacuar. La gobernadora Kathy Hochul señaló que el estado tenía equipos de rescate preparados para intervenir si el nivel del agua subía rápidamente.

La emergencia puso nuevamente en el centro una pregunta que Nueva York lleva años intentando responder: ¿está preparada una de las ciudades más ricas y densamente pobladas del mundo para enfrentar lluvias que caen con mayor intensidad en periodos cada vez más cortos?

Lluvia intensa en pocas horas: el principal peligro

El Servicio Meteorológico Nacional colocó a Nueva York y buena parte de la región triestatal bajo vigilancia por inundaciones. Los pronósticos contemplaban acumulaciones generales de entre 2 y 5 pulgadas —aproximadamente entre 50 y 127 milímetros—, con cantidades superiores en puntos aislados.

El peligro más importante no era solamente la cantidad total de lluvia, sino su velocidad. Algunas bandas de tormenta podían descargar entre 2 y 3 pulgadas por hora, suficiente para saturar alcantarillas, inundar pasos a desnivel y provocar aumentos súbitos del agua en calles y viviendas. 

La amenaza se extendió a Long Island, el valle bajo del Hudson, Connecticut, Nueva Jersey y sectores del este de Pensilvania. El lento desplazamiento del sistema elevó la posibilidad de que varias tormentas cruzaran repetidamente las mismas zonas.

Las autoridades advirtieron que las condiciones más severas podían presentarse durante la noche, cuando muchas personas estuvieran dormidas. Esa circunstancia aumentaba especialmente el riesgo para quienes viven por debajo del nivel de la calle.

La recomendación fue evitar viajes innecesarios, no caminar por calles cubiertas de agua y nunca intentar atravesar una zona inundada en automóvil. Una corriente aparentemente poco profunda puede desplazar un vehículo, ocultar alcantarillas abiertas o impedir que sus ocupantes salgan a tiempo.

Los sótanos, el punto más vulnerable

La decisión de abrir refugios nocturnos tiene como antecedente directo la tragedia provocada por los remanentes del huracán Ida, el 1 de septiembre de 2021.

Aquella noche, Nueva York recibió una cantidad extraordinaria de lluvia en pocas horas. El sistema de drenaje quedó rebasado y el agua ingresó rápidamente a viviendas subterráneas. Trece personas murieron en la ciudad; 11 de ellas se encontraban en departamentos ubicados en sótanos. 

Muchas de esas unidades eran ocupadas por familias inmigrantes o residentes con ingresos limitados. Algunas viviendas tenían una sola salida, ventanas pequeñas o accesos que quedaron bloqueados por el agua.

El problema no ha desaparecido. Nueva York posee miles de sótanos utilizados como vivienda, incluidos espacios que no cuentan con autorización formal. Su condición irregular dificulta conocer cuántas personas viven en ellos, inspeccionar su seguridad o incluirlas plenamente en los planes de evacuación.

La vulnerabilidad no depende únicamente de la legalidad del inmueble. Incluso una unidad habitacional autorizada puede representar un riesgo si está situada en una depresión, cerca de una alcantarilla saturada o debajo del nivel por donde circula el agua.

Por esa razón, las autoridades pidieron a los residentes identificar con anticipación una ruta hacia pisos superiores. En caso de que el agua comenzara a ingresar, la instrucción era evacuar antes de que la puerta quedara bloqueada por la presión o las escaleras se convirtieran en canales de entrada.

El drenaje de Nueva York tiene límites

Nueva York cuenta con aproximadamente 153 mil alcantarillas o sumideros distribuidos por los cinco distritos. Sin embargo, el tamaño de la red no significa que pueda absorber cualquier tormenta.

Una parte importante del sistema fue construida bajo condiciones climáticas distintas a las actuales. En amplias zonas, las aguas pluviales y las aguas residuales circulan por tuberías compartidas. Cuando la lluvia rebasa su capacidad, el agua puede acumularse en calles, retroceder hacia edificios o provocar descargas de aguas contaminadas en ríos y canales.

Una auditoría de la Contraloría de la Ciudad examinó la respuesta oficial a la tormenta del 29 de septiembre de 2023. El análisis encontró que el Departamento de Protección Ambiental había identificado 964 alcantarillas prioritarias para inspección y limpieza antes de emergencias, pero menos de la mitad fueron revisadas antes de aquel episodio. 

El informe también determinó que la ciudad había activado su plan de inundaciones con anticipación, pero la comunicación pública de mayor alcance llegó cuando la lluvia intensa ya afectaba traslados, viviendas e instalaciones críticas. La primera conferencia de prensa del alcalde de entonces ocurrió casi tres horas después de que comenzaran los impactos más graves. 

La experiencia ayuda a explicar la respuesta preventiva de 2026: abrir refugios antes de la fase crítica, emitir advertencias nocturnas y pedir evacuaciones voluntarias en sectores vulnerables.

La tormenta de 2023 dejó una advertencia

El 29 de septiembre de 2023, una tormenta paralizó partes de Nueva York. El aeropuerto JFK registró 8.67 pulgadas de lluvia, cerca de 220 milímetros, mientras Central Park acumuló 5.86 pulgadas y LaGuardia 4.87.

El agua cerró carreteras, interrumpió líneas del metro, afectó un hospital y obligó a realizar al menos 28 rescates. No se reportaron muertes, pero el episodio se convirtió en uno de los días más lluviosos registrados en la ciudad desde el inicio de las mediciones.

La ciudad había comenzado a consultar al Servicio Meteorológico Nacional una semana antes. No obstante, la magnitud real de la tormenta se volvió más clara apenas durante la noche previa al evento, un ejemplo de las dificultades para anticipar exactamente dónde caerán las precipitaciones más intensas. 

Las inundaciones repentinas son especialmente difíciles de pronosticar porque pueden depender de pequeñas variaciones en la trayectoria y velocidad de una tormenta. Una banda que permanece estacionaria sobre un vecindario puede producir daños severos, mientras otra zona cercana recibe cantidades moderadas.

El metro también está expuesto

La vulnerabilidad no termina en las viviendas. El sistema de metro funciona, en muchos puntos, como una red de espacios subterráneos conectados con calles que pueden inundarse.

El agua puede ingresar por escaleras, respiraderos, rejillas y accesos de estaciones. Algunas secciones del sistema fueron construidas hace más de un siglo y se encuentran cerca de antiguos humedales, arroyos canalizados o terrenos con problemas históricos de drenaje.

Un análisis publicado en 2025 señaló que alrededor de 200 de las 472 estaciones del metro habían experimentado inundaciones durante las dos décadas anteriores. La Autoridad Metropolitana de Transporte ha destinado recursos para elevar rejillas, reforzar accesos y mejorar sistemas de bombeo, pero la protección del transporte también depende del drenaje de las calles que lo rodean. 

Esto significa que una estación puede tener bombas operando correctamente y aun así inundarse si recibe en pocos minutos más agua de la que la infraestructura urbana puede desalojar.

Además, las interrupciones del transporte afectan con mayor intensidad a trabajadores que no pueden realizar sus actividades desde casa, personas con empleos nocturnos y familias que dependen del metro para llegar a refugios o viviendas seguras.

Una amenaza desigual

Las inundaciones no golpean a todos los habitantes de la misma forma.

Quienes viven en pisos elevados pueden enfrentar daños materiales o interrupciones de servicios. Para una persona que duerme en un sótano, la misma tormenta puede convertirse en una emergencia de supervivencia.

Las familias con automóvil y recursos económicos pueden trasladarse a un hotel o salir de la zona antes de la tormenta. Quienes tienen movilidad limitada, desconocen el idioma inglés, carecen de documentos migratorios o temen perder sus pertenencias pueden retrasar la evacuación.

El caso de Ida evidenció la relación entre riesgo climático, vivienda asequible y desigualdad. Los sótanos suelen ofrecer rentas más accesibles en una ciudad con altos costos habitacionales. Para miles de trabajadores, abandonar esas viviendas no es una decisión sencilla, aunque conozcan el peligro.

Por ello, la apertura de escuelas como refugios representa una medida de protección inmediata, pero no resuelve el problema estructural: la falta de vivienda segura y asequible para personas que terminan ocupando espacios subterráneos.

Cambio climático y lluvias más intensas

Ninguna tormenta individual puede atribuirse exclusivamente al cambio climático. Sin embargo, una atmósfera más cálida puede retener mayor cantidad de vapor de agua, creando condiciones para precipitaciones más intensas cuando se forman sistemas favorables.

Nueva York también enfrenta una combinación compleja: extensas superficies pavimentadas, edificios densos, tuberías antiguas y antiguos cuerpos de agua que fueron cubiertos durante el crecimiento urbano.

El pavimento evita que la lluvia se infiltre naturalmente en el suelo. En lugar de absorberse, el agua corre hacia los puntos más bajos y llega casi simultáneamente a las alcantarillas.

Frente a ese escenario, ciudades como Nueva York han impulsado infraestructura verde: jardines de lluvia, techos vegetales, humedales restaurados, pavimentos permeables y parques capaces de almacenar temporalmente el agua.

Estos proyectos siguen el principio de las llamadas “ciudades esponja”, que buscan absorber y retener una parte de la lluvia en lugar de enviarla inmediatamente a tuberías. Nueva York desarrolla iniciativas como los corredores Bluebelt de Staten Island y espacios de absorción en Brooklyn, aunque su implementación enfrenta limitaciones de espacio, costo y escala. 

¿Qué son realmente los 51 refugios?

Aunque algunos reportes los describieron como refugios de emergencia, la denominación oficial fue “ubicaciones nocturnas seguras”.

No se trataba necesariamente de albergues permanentes con camas y servicios prolongados. Su función principal era ofrecer un espacio fuera de sótanos y zonas bajas durante las horas de mayor riesgo.

Las 51 ubicaciones estaban repartidas entre los cinco distritos y funcionaban dentro de escuelas públicas. Para conocer el sitio más cercano, la ciudad pidió comunicarse al 311 o consultar el portal oficial de emergencias. 

La medida buscaba que las personas se trasladaran antes de la lluvia más severa. Esperar hasta que una calle estuviera inundada podía impedir el acceso a los refugios y exponer tanto a residentes como a equipos de rescate.

Entre prevención y deuda pendiente

La apertura anticipada de 51 refugios muestra un cambio en la estrategia de Nueva York. La ciudad intenta actuar antes de que las imágenes de automóviles sumergidos, estaciones inundadas y familias atrapadas se repitan.

Pero también constituye una admisión de vulnerabilidad.

Nueva York dispone de recursos, tecnología meteorológica y amplias agencias de emergencia. Aun así, no puede garantizar que sus alcantarillas, viviendas y redes de transporte soporten lluvias extremas concentradas en pocas horas.

Los refugios pueden salvar vidas durante una noche. La solución de fondo exige inversiones sostenidas en drenaje, vivienda, transporte e infraestructura verde, además de alertas claras y accesibles en varios idiomas.

La tormenta de 2026 vuelve a colocar a la ciudad frente a una realidad que Ida dejó expuesta: el mayor peligro no siempre viene del mar o de un huracán directo. Puede comenzar con una lluvia intensa, caer durante la noche y convertir un departamento económico en una trampa en cuestión de minutos.

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