CIENCIA, 15 de agosto de 2026.- Algunas células cancerosas que permanecen vivas después de recibir quimioterapia pueden dejar de multiplicarse sin quedar completamente inactivas. Por el contrario, continúan liberando sustancias capaces de modificar el comportamiento de otras células tumorales cercanas.
Un nuevo estudio encontró ahora un participante inesperado en ese proceso: la fructosa.
La investigación, publicada el 30 de julio en la revista científica Nature Aging, estudió principalmente el cáncer de ovario seroso de alto grado, una forma agresiva de la enfermedad. Los científicos observaron que células tumorales sometidas al medicamento de quimioterapia cisplatino entraban en un estado conocido como senescencia celular.
En términos sencillos, son células que han dejado de dividirse, pero no están muertas.
Y esa diferencia resulta importante.
Células que dejan de crecer, pero siguen enviando señales
Durante años, provocar que una célula cancerosa dejara de reproducirse podía parecer un resultado favorable del tratamiento. Sin embargo, la investigación sobre senescencia ha mostrado que algunas de esas células permanecen biológicamente activas.
Las células senescentes liberan al ambiente que las rodea una mezcla de moléculas conocida como fenotipo secretor asociado a la senescencia, o SASP por sus siglas en inglés.
El equipo encabezado por investigadores de The Wistar Institute y la Universidad de Pittsburgh estudió qué efecto tenía esa mezcla sobre otras células cancerosas que no habían entrado en senescencia.
Encontró que podía facilitar que estas células se desprendieran.
Ese detalle es relevante porque, para que el cáncer de ovario estudiado se disemine, uno de los primeros pasos consiste precisamente en que las células malignas pierdan adhesión al tumor original y puedan desplazarse hacia otras zonas de la cavidad abdominal.
La sorpresa estaba en la fructosa
Al analizar las sustancias liberadas por las células senescentes, los investigadores encontraron mayores niveles de fructosa.
Después realizaron experimentos para averiguar qué sucedía cuando las células tumorales vecinas quedaban expuestas a ella.
Los resultados mostraron que la fructosa podía alterar su metabolismo y reducir la cantidad de colesterol presente en la membrana celular.
El colesterol suele asociarse popularmente con la alimentación y las enfermedades cardiovasculares, pero también es un componente estructural importante de las membranas de nuestras células.
Al disminuir ese colesterol, las células cancerosas perdían parte de su capacidad para mantenerse adheridas.
Dicho de una manera sencilla:
la fructosa no hacía simplemente que las células crecieran más rápido; contribuía a que se soltaran con mayor facilidad.
Y el desprendimiento puede ser un paso previo a su propagación.
Los investigadores identificaron detrás del fenómeno una cadena metabólica que involucra al complejo I de las mitocondrias y una ruta molecular relacionada con NAD+, SIRT y SREBP1, responsable, entre otras funciones, de regular la producción de colesterol celular.
¿Qué ocurrió en los animales?
El equipo no se limitó a estudiar células en laboratorio.
En experimentos con ratones utilizados como modelo del cáncer de ovario seroso de alto grado, una dieta elevada en fructosa aumentó la diseminación de las células tumorales.
Los científicos realizaron además modificaciones sobre la capacidad de las células para utilizar fructosa. Al interferir con ese proceso metabólico disminuyó la propagación observada en los animales.
Los resultados fortalecen la hipótesis de que la fructosa no era simplemente una sustancia presente alrededor de las células, sino que participaba activamente en el mecanismo observado.
Sin embargo, existe una limitación fundamental: los experimentos en organismos vivos se realizaron con un modelo animal y una sola línea celular de cáncer de ovario.
Los propios investigadores reconocen esta limitación.
Esto no significa que la fruta provoque cáncer
Aquí es donde el hallazgo necesita especial cuidado para evitar conclusiones engañosas.
La fructosa es un azúcar simple presente naturalmente en frutas, algunas verduras y miel. También forma parte de la sacarosa —el azúcar de mesa— y se encuentra en productos industrializados y bebidas endulzadas, entre ellos los que utilizan jarabe de maíz de alta fructosa.
El nuevo estudio no demuestra que comer fruta provoque metástasis.
Tampoco demuestra que eliminar la fructosa de la alimentación de una persona con cáncer mejore su supervivencia.
Y mucho menos establece que los pacientes deban modificar por cuenta propia su dieta o tratamiento.
Lo que demuestra, bajo las condiciones experimentales estudiadas, es que la fructosa puede intervenir en mecanismos metabólicos capaces de favorecer el desprendimiento y la diseminación de determinadas células de cáncer de ovario.
Los investigadores consideran que reducir la fructosa de la dieta podría tener potencial clínico, pero esa posibilidad tendrá que comprobarse mediante nuevas investigaciones.
No es la primera señal sobre fructosa y cáncer
El nuevo trabajo tampoco aparece aislado.
Una investigación publicada en Nature en diciembre de 2024 encontró que una alimentación con cantidades elevadas de fructosa favorecía el crecimiento de tumores en modelos animales de melanoma y cáncer de mama y cuello uterino.
En aquella investigación apareció un mecanismo diferente.
Las células cancerosas estudiadas no utilizaban eficientemente la fructosa de manera directa. El hígado la procesaba y generaba determinados lípidos que posteriormente podían ser aprovechados por los tumores para construir sus membranas y crecer.
La diferencia es importante: la ciencia está encontrando varias formas mediante las cuales un exceso de fructosa podría modificar el entorno metabólico favorable para ciertos tumores, pero eso no equivale a demostrar que la fructosa sea una causa universal del cáncer.
¿Entonces hay que dejar el azúcar?
Las recomendaciones actuales de prevención del cáncer son más amplias.
El World Cancer Research Fund señala que no existe razón para eliminar los azúcares presentes naturalmente en frutas y verduras y recomienda mantener estos alimentos dentro de una dieta saludable.
La situación cambia con los azúcares añadidos y las bebidas azucaradas.
Existe evidencia sólida de que su consumo frecuente favorece el aumento de peso y la obesidad, y el exceso de grasa corporal está relacionado con un mayor riesgo de desarrollar diversos tipos de cáncer.
Por eso, reducir refrescos y otros productos con grandes cantidades de azúcar añadido continúa siendo una recomendación razonable de salud, independientemente del nuevo descubrimiento.
Lo que falta por demostrar
La investigación abre una pregunta particularmente relevante para el tratamiento del cáncer de ovario: si modificar la disponibilidad de fructosa podría disminuir la capacidad de las células tumorales para diseminarse después de la quimioterapia.
Pero para responderla harán falta estudios adicionales.
Todavía deberá determinarse si el mecanismo observado tiene la misma importancia dentro del organismo humano, si aparece en otros tipos de cáncer, qué cantidad de fructosa podría resultar relevante y, sobre todo, si modificar la dieta realmente cambia el pronóstico de los pacientes.
Por ahora, el descubrimiento aporta una nueva pieza para comprender algo que durante años ha intrigado a los investigadores: por qué células que dejan de multiplicarse después de la quimioterapia pueden seguir influyendo en el tumor y, paradójicamente, ayudar a otras células malignas a propagarse.
La fructosa parece formar parte de esa conversación celular.
Pero convertir ese descubrimiento en una recomendación para pacientes será el siguiente desafío de la ciencia.
Fuente científica original: Estudio completo en Nature Aging

