TIJUANA, Baja California, 29 de septiembre de 2026.- Hay películas que terminan cuando aparecen los créditos. Digger parece comenzar justamente ahí, cuando uno sale de la sala y empieza a preguntarse qué demonios acaba de ver.

La vimos durante su función de prensa previa al estreno y la primera reacción fue inevitable: ¿qué estaba pensando Alejandro G. Iñárritu cuando imaginó todo esto?

La segunda llegó inmediatamente después: qué magistral manera de convertir una historia desbordada, absurda por momentos y deliberadamente incómoda en una reflexión sobre nosotros mismos.

Sin spoilers: Digger es emocionante, irreverente y, quizá por encima de todo, sorprendentemente sincera.

Tom Cruise desaparece; aparece Digger

Probablemente ésta sea una de las mayores sorpresas de la película.

Durante décadas hemos aprendido a reconocer a Tom Cruise incluso antes que a sus personajes. Corre, conduce, vuela, pelea, salta y normalmente carga sobre sus hombros la responsabilidad de salvar algo.

Aquí ocurre otra cosa.

En Digger, Cruise prácticamente desaparece.

Su caracterización ayuda enormemente, pero reducir su transformación al maquillaje sería injusto. Está en sus gestos, movimientos, postura, manera de hablar y, particularmente, en su disposición para abrazar el humor y el ridículo.

Cruise se arriesga a no ser el héroe que durante tantos años hemos esperado encontrar cuando aparece su nombre sobre una marquesina.

Y funciona.

Por momentos uno genuinamente olvida que está viendo a una de las estrellas cinematográficas más reconocibles del planeta.

No parece un Cruise disminuido por abandonar el espectáculo convencional. Todo lo contrario: aquí demuestra cuánto actor podía existir detrás de la estrella.

Tom Cruise renace y se convierte en otro.

Iñárritu sigue siendo Iñárritu, pero evolucionado

También sería equivocado decir que estamos frente a un Alejandro G. Iñárritu completamente distinto.

Su ADN permanece ahí.

Pero después de Amores perros, Babel, Birdman y The Revenant, Digger transmite la sensación de estar frente a un cineasta que ha evolucionado, perfeccionado herramientas y, sobre todo, ganado la confianza suficiente para cruzar líneas que quizá antes no habría cruzado.

Y vaya que las cruza.

Hay momentos en los que resulta difícil creer hasta dónde está dispuesto a llevar determinadas situaciones.

La película utiliza humor absurdo, negro, incómodo, ácido y deliberadamente ridículo. Hay muchas razones para reír, aunque en ocasiones uno termine preguntándose si debería estar riendo.

Ahí comienza a funcionar realmente la sátira.

El mundo convertido en un enorme escenario

Debajo del exceso existe una crítica social bastante más incómoda.

Digger obliga a pensar en cuánto teatro construimos alrededor de los acontecimientos mundiales.

Gobiernos, empresarios, activistas, medios, instituciones, personajes públicos y ciudadanos participan de una representación colectiva en la que resulta tremendamente sencillo identificar culpables mientras nosotros permanecemos sentados observando.

Pero la película parece plantear una posibilidad bastante menos cómoda:

¿y si todos formamos parte del problema?

No necesariamente con la misma responsabilidad ni con el mismo poder, pero sí dentro de una maquinaria social que consume, observa, juzga, participa y después busca a quién señalar.

Ésa fue, al menos, la reflexión que permaneció después de verla.

Y probablemente ahí radique uno de sus mayores logros: Digger no necesariamente termina cuando termina la película. Sigue trabajando en la cabeza.

Una obra de arte visual

Después está la imagen.

Emmanuel “Chivo” Lubezki vuelve a colaborar con Iñárritu y Digger fue rodada íntegramente en VistaVision.

Y se nota que detrás de la cámara hay cineastas enamorados del cine.

Fotografía, movimientos de cámara, encuadres, colores, composición y planos construyen imágenes que permanecen en la memoria horas después de abandonar la sala.

No se trata únicamente de conseguir imágenes bonitas.

Existe intención detrás de ellas.

En una época en la que buena parte del entretenimiento audiovisual parece diseñado para terminar consumiéndose indistintamente en una televisión, una tableta o un teléfono, Digger reclama una pantalla grande.

Es cine que quiere ser visto como cine.

No es una película para todos

Aquí también conviene lanzar una advertencia.

A quien escribe estas líneas, Digger lo mantuvo atrapado durante toda la función. El tiempo prácticamente desapareció.

Pero alrededor ocurrió algo diferente.

Hubo espectadores que perdieron conexión con la película durante algunos pasajes. Incluso alguno aprovechó determinados minutos para cerrar los ojos.

Y ambas experiencias pueden coexistir.

Porque Digger puede ser extraordinaria y al mismo tiempo no ser una película diseñada para satisfacer a todo el mundo.

El cinéfilo que disfruta el cine de autor, la construcción estética, la sátira, las decisiones extrañas y aquellas películas que exigen algo después de abandonar la sala probablemente encontrará muchísimo que disfrutar.

Quien simplemente quiera comprar un boleto, distraerse durante un par de horas y encontrar al Tom Cruise que conoce podría salir desconcertado.

Paradójicamente, Cruise podría no darle a ese espectador lo que acostumbra porque aquí se atreve a darle mucho más como actor.

Y algunos pueden atragantarse con eso.

No todo funciona igual

La fascinación tampoco significa que Digger sea intocable.

Existe una vertiente más íntima y familiar alrededor de su protagonista que intenta ampliar las dimensiones del personaje, pero cuya aportación al conjunto resulta considerablemente menos clara.

Mientras el núcleo satírico tiene fuerza, personalidad y una dirección muy definida, esa parte de la historia parece permanecer ahí sin alcanzar el mismo peso.

Es quizá el punto donde la película pierde algo de la contundencia que demuestra cuando concentra todas sus fuerzas sobre Digger y el enorme espectáculo que lo rodea.

No arruina la experiencia.

Pero sí deja preguntas sobre cuánto necesitábamos realmente esa parte de ella.

Entonces, ¿vale la pena verla?

Muchísimo.

Pero sería injusto recomendar Digger prometiendo una experiencia convencional.

No lo es.

Es una película extraña, excesiva, divertida, incómoda, visualmente deslumbrante y dispuesta a correr riesgos. Es también la obra de un Iñárritu que conserva las obsesiones y el lenguaje que lo han acompañado durante décadas, pero que parece haber encontrado nuevas maneras de jugar con ellos.

Y es, especialmente, una oportunidad para reencontrarse con Tom Cruise.

No con la estrella que corre mientras el mundo explota detrás de él.

Con el actor.

Al salir de la función quedó la sensación de que una sola exhibición quizá no sea suficiente. Hay imágenes, decisiones y pequeños detalles que invitan a regresar y mirar nuevamente.

Así que, si alguien pregunta si vale la pena pagar el boleto para verla en una sala, la respuesta después de esta función de prensa es bastante sencilla:

Págalo. Y compra tu combo de palomitas con refresco.

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