Tijuana, Baja California, 21 de octubre de 2016.- Hay películas que sorprenden por lo que cuentan y otras por la manera en que deciden contarlo. Clayface pertenece, en buena medida, a las segundas. Es una propuesta visualmente ambiciosa, violenta y creativa, que demuestra que el cine inspirado en personajes de cómics todavía tiene posibilidades de explorar territorios distintos a los del espectáculo tradicional de superhéroes.
Pero también es una película imperfecta.
Aunque alrededor de Clayface se ha hablado mucho de horror y terror, la experiencia cinematográfica se acerca más a una historia de sangre, transformaciones grotescas y venganza. Hay imágenes fuertes, algunas particularmente desagradables, pero no necesariamente aterradoras.
Y esa diferencia importa.
El terror no depende exclusivamente de mostrar sangre o cuerpos deformados. Una imagen puede resultar grotesca sin despertar miedo, y Clayface parece encontrar mayor comodidad en el impacto visual que en la construcción de una experiencia verdaderamente aterradora.
Eso no significa que fracase. Simplemente ofrece algo distinto de lo que algunos espectadores podrían esperar.
Un villano que no termina de convencer en su evolución
Uno de los aspectos más interesantes de la película también representa una de sus principales debilidades: la transformación de su protagonista.
La actuación principal resulta convincente. Existe un esfuerzo evidente por sostener a un personaje que atraviesa circunstancias extraordinarias y termina convertido en una figura cada vez más perturbadora.
Sin embargo, el guion no siempre acompaña ese proceso.
La evolución del personaje hacia una personalidad desquiciada deja interrogantes. Hay decisiones y cambios en su comportamiento que merecían una construcción más cuidadosa para que su transformación psicológica resultara tan convincente como la física.
Más que despertar empatía por una víctima de las circunstancias, el protagonista termina proyectándose como un villano. El problema no está necesariamente en ese resultado, sino en las dudas que deja el camino narrativo utilizado para alcanzarlo.
En este sentido, la doctora cumple una función fundamental. Su presencia no se limita a complementar al personaje principal: constituye una pieza clave para el desarrollo de la historia.
Esa relación ayuda a sostener una parte importante de la película, aunque no consigue resolver por completo las debilidades en la evolución del protagonista.
Los efectos visuales son extraordinarios
Si hay un terreno donde Clayface consigue destacar con claridad, es el de sus efectos visuales.
Las transformaciones y la propuesta estética representan uno de sus mayores logros. Son extraordinarias y aportan una identidad propia a la experiencia cinematográfica.
La película encuentra en esos recursos una manera de comunicar lo grotesco y lo perturbador sin depender exclusivamente de los diálogos o de las explicaciones narrativas.
Es precisamente en su dimensión visual donde la ambición del proyecto se vuelve más evidente.
El ritmo también funciona. La historia consigue mantener el interés y avanzar sin que sus imperfecciones narrativas terminen por arruinar la experiencia. Algunas secuencias pudieron desarrollarse mejor, pero se trata de observaciones puntuales dentro de un conjunto que resulta entretenido.
Aquí aparece una contradicción interesante: la transformación física del personaje está extraordinariamente conseguida, mientras que su transformación psicológica deja más preguntas que respuestas.
La película convence más cuando muestra que cuando intenta explicar.
Una historia que no necesita a Batman
Otro de los mayores aciertos de Clayface es su capacidad para funcionar como una película independiente.
Aunque su origen pertenece al universo de DC Comics y está relacionado con Gotham, no es indispensable conocer a Batman, sus enemigos o las historias publicadas en los cómics para comprender y disfrutar esta propuesta.
La película tiene elementos suficientes para sostenerse por sí misma.
Eso amplía considerablemente su atractivo. No es una experiencia reservada exclusivamente para seguidores de DC, sino una alternativa para espectadores adultos interesados en historias oscuras, personajes extremos y propuestas visuales diferentes.
Y quizá ese sea uno de sus aspectos más valiosos: demostrar que un personaje surgido del universo de los superhéroes puede protagonizar una película cuya identidad no dependa completamente de ese universo.
¿Vale la pena verla en el cine?
Sí.
Clayface es una película recomendable para el público adulto, particularmente para quienes disfrutan de propuestas diferentes y no tienen inconveniente con las imágenes grotescas o la violencia gráfica.
No es necesario acudir esperando una experiencia de terror convencional. Es preferible acercarse a ella como una historia de venganza, violencia y transformación, con una ejecución visual extraordinaria.
Tampoco hace falta ser aficionado a los cómics.
El cine siempre ofrece oportunidades para descubrir nuevas ideas, interpretaciones y formas de contar historias. Detrás de cada producción existen creadores que buscan materializar sus proyectos, sus sueños y sus aspiraciones artísticas.
No todas esas ambiciones consiguen resultados perfectos, pero eso no significa que carezcan de valor.
Clayface es una muestra de ello.
Veredicto: 8 de 10
Clayface sorprende, entretiene y demuestra una notable capacidad creativa en el terreno visual. Sus efectos son extraordinarios, las actuaciones cumplen y el ritmo mantiene el interés.
Su principal debilidad está en un guion que no termina de justificar satisfactoriamente la evolución psicológica de su protagonista.
Es una película imperfecta, pero recomendable. Una propuesta que merece verse por sus aciertos y que invita a reconocer tanto sus posibilidades como sus limitaciones.
Porque, al final, hay una reflexión que resume la experiencia:
«Dentro de la imperfección hay muchas posibilidades para hacer las cosas bien, pero no siempre se puede».
Y Clayface, con todas sus virtudes y contradicciones, parece demostrarlo.
Calificación Garabato: 8/10.
